La hermana San Sulpicio

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El escándalo fue grave y tuvo en Sevilla, con ser gran población, mucha resonancia. Los periódicos se apoderaron de él e hicieron comentarios nada halagüeños para la familia de Gloria. El conde dirigió una carta a su prima, donde cortés, pero enérgicamente, le manifestó que su sobrina no saldría de su casa sino para el altar, y aconsejándole que desistiera, por el buen nombre de ella y de la familia, de querer forzar la voluntad de la joven. No sé si a influjo de esta carta o por temor o vergüenza, doña Tula no dio un paso para reclamar a su hija. El odioso enano, su director, tampoco.

Comenzaron para mí días venturosos. El palacio de Padul se me abría a todas horas y siempre hallaba en él grato recibimiento. Se me consideraba ya como de la familia. Por las tardes, después de almorzar, me iba allá, y sentado o montado en una silla (que a tanto llegaba mi confianza), las veía coser o bordar y bromeábamos con alegría. Gloria, que se había puesto de un humor delicioso y hasta creo que engordó en pocos días, gozaba en hacer jugarretas a todo el mundo, pero muy particularmente a mí. La casa, un poco sombría por el abandono del conde, el humor tétrico de la tía Etelvina y el carácter débil de Isabel, había cambiado notablemente de aspecto. Estaba ahora riente, sonora, gozosa, merced al ambiente de franqueza y alegría que mi adorada esparcía en torno suyo. El conde paraba más tiempo en casa. La tía Etelvina, que acostumbraba pasar el día encerrada en su habitación, buscaba ahora la compañía de las jóvenes, y a menudo su rostro de piedra se contraía con una sonrisa al escuchar las salidas de la huéspeda. Hasta los criados servían con más agrado y eran más locuaces.

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