La hermana San Sulpicio

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Pensando en los medios de unirme pronto a Gloria, antes del suceso que acabo de narrar se me había ocurrido una transacción con el maldito enano. Como yo tenía la certidumbre de que éste era el único causante de nuestros males y sospechaba que la razón de oponerse a nuestro casamiento y el empeño de hacer monja a Gloria estribaban en el interés, imaginé que podíamos llegar a un acuerdo. Verdad que acaso pudiera alcanzar la meta de mis deseos sin necesidad de componendas, porque la actitud, pasiva hasta entonces, de doña Tula lo hacía verosímil. Pero ¿quién me aseguraba que de la noche a la mañana no cambiasen totalmente las cosas? Aunque no pudieran encerrar a Gloria en el convento contra su voluntad, porque las autoridades estaban ya sobre aviso, al matrimonio podía oponerse la madre mientras no fuese mayor de edad. Ahora se encontraban, lo mismo ella que don Oscar, amedrentados por la escena escandalosa de la puerta del convento y por la actitud firme del conde del Padul, que inspiraba general temor por su posición y carácter. Mas, si llegaban a vencer este miedo, lo mismo del conde que de la opinión pública, volvería a encontrarse en grave aprieto. Aunque no consiguiesen otra cosa que aplazar el matrimonio, ya era bastante para mi anhelo, que cada día iba siendo mayor. Además, en esta dilación había peligro.

Gloria era muy celosa, y cualquier insignificante pretexto podía levantar una reyerta como la de marras y dar al traste con mi felicidad.

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