Los majos de Cádiz by Armando Palacio Valdés

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Salió y emprendió una rápida carrera al través de las calles, sin saber dónde iba. El corazón le palpitaba con violencia, ardía su frente y sentía un extraño frío interno que la violencia del paso no alcanzaba á mitigar. Al cabo de un rato se encontró frente á su casa. Quedó un instante inmóvil y se llevó la mano á la frente cual si tratase de ordenar sus ideas diseminadas. Había allí dentro algo que le abrasaba mucho más que el bárbaro golpe de la espalda, cuyo cardenal le quedó impreso largo tiempo. Eran las infames palabras que Velázquez acababa de pronunciar en presencia de la gente: «¡Me carga! ¡Me sofoca! ¡La he recogido en medio de la calle!.»

No quiso entrar en la tienda en tal estado de agitación, por si había gente dentro: cruzó el paseo y se arrimó al pretil de la muralla. Allí, de bruces, en el sitio mismo que había ocupado Manolo Uceda la noche que había llegado, sollozó largo rato. Las lágrimas refrescaron su alma. Al erguirse de nuevo había recobrado la calma; era otra mujer. Cuando en su espíritu sencillo y limitado penetraba una idea, inmediatamente se enseñoreaba de él y no dejaba espacio para ninguna otra. Ahora la idea era ésta: «Puesto que él no me quiere, yo no debo quererle á él». Y de tal manera se imprimió en su cerebro que ya no volvió á sentir vacilaciones. Su amor hizo crisis. Desde aquel punto quedó irrevocablemente tomada su resolución. Se enjugó cuidadosamente las lágrimas, aguardó todavía algún tiempo para que la brisa del mar borrase por entero sus huellas, y así que se halló bien serena se dirigió con paso firme á la puerta de la tienda y entró.

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