Explore "Los majos de Cádiz" by Armando Palacio Valdés on Textopian. Read with annotations and highlights.
No volvió á rebelarse. Aquel hombre de corazón altivo, tan fiero con las mujeres que habían tenido la desgracia de amarle, rindió al fin la cerviz al yugo de la última. Fué una pasión súbita, ardorosa, que le abrasaba las entrañas. Vivió desde entonces en dulce y á la vez insoportable inquietud, como si hubiese bebido un filtro mágico que le trastornara ó pesase al fin sobre él la venganza de la diosa del amor, justamente irritada por sus ofensas. Perdió el gusto de las francachelas en Puerta de Tierra, de la conversación, de la guitarra y las cañas y hasta de salir á la calle. Se hizo melancólico, taciturno, indolente: en sus miradas no brillaba aquella chispa de arrogancia que le daba ascendiente entre los hombres; de su boca no fluían las palabras chistosas y libres con que sometía á las mujeres.
Delante de Soledad se mostraba amable y rendido, sin ocuparse ya en disimular su vencimiento. Al contrario, parecía que sentía gozo y el pecho se le dilataba cuando la daba un testimonio de adoración más vivo que de costumbre. No se saciaba de estar á su lado, de prodigarla nuevas y sabrosas caricias. Recibiólas ella con gratitud y alegría primero, después con graciosa condescendencia y sin devolverlas sino tal vez que otra; por último, á medida que el guapo las menudeaba, le fueron siendo más indiferentes, terminando por hacérsele pesadas.