La novela de un novelista

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Aquel verano envió Dios a la tierra el más verde follaje, las brisas más perfumadas, las aguas más cristalinas y las cerezas más encarnadas de su infinito repertorio. En el cielo también mostró su buena voluntad haciendo nadar en él un sol refulgente seguido de alegre escolta de nubecillas irisadas. Y en nuestra propia casa de Entralgo se ingenió para que mi padre olvidase la mayor parte de los días el darme lección y para que "Muley", el perro de Cayetano, fuese cada vez más amable y tolerante conmigo.

Los animales seguían siendo mi dicha a pesar de la amarga decepción que acabo de relatar. La fauna me interesaba muchísimo más que la flora y como esto se sabía en el pueblo los chicos me traían con frecuencia mirlos de cría, jilgueritos, pinzones, calandrias, etc., etc. Yo los criaba a la mano, les abría el pico y les introducía cuanto alimento podía hallar en la cocina. A pesar de eso ¡caso extraño! todos se morían bien pronto: apenas pasó ninguno de las cuarenta y ocho horas. Esto hacía montar en cólera a mi padre y me increpaba duramente, no sé por qué, pues yo los cuidaba con el esmero y la diligencia que puede emplear una madre con sus hijos. Si se morían, sin duda era por mala voluntad, pues no es creíble que en edad tan tierna estuviesen ya fatigados de la vida.

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