Explore "Maximina" by Armando Palacio Valdés on Textopian. Read with annotations and highlights.
DESPUÉS de almorzar, se encontraron sin agua. Maximina tenía sed. En la primer estación Juana se apeó, y vino con un vaso lleno. Durante su corta ausencia, se supone con algún fundamento que Miguel besó á su mujer en otro sitio distinto de la mano; pero no podemos asegurarlo. En Venta de Baños entraron en el mismo coche otros cuatro viajeros, tres señoras y un caballero. Pasaban de los cuarenta todos. Eran hermanos, según se enteraron después, y hablaban con marcado acento gallego. Miguel pasó á ocupar el asiento al lado de su mujer, colocando á la doncella enfrente, y decidió aparecer circunspecto, á fin de que aquellos señores no conociesen que eran recién casados. Sin embargo, no pudo escapárseles esta circunstancia. Las miradas insistentes y la conversación secreta que los novios sostenían, los denunciaban claramente. Las señoras sonrieron primero, hablaron luego entre sí y, por último, pusieron los medios para trabar conversación, consiguiéndolo presto. No tardaron tampoco en informarse de cuanto deseaban saber; con lo cual, se les despertó, sin saber por qué, una viva simpatía hacia Maximina, y procuraron demostrársela colmándola de atenciones. La niña, que no estaba avezada á ser objeto de ellas, mostrábase confusa y acortada, sonriendo con aquella apariencia vergonzosa que la caracterizaba.
Esto concluyó de seducir á las gallegas. Decididamente la tomaban bajo su protección. Eran solteras todas, y el hermano lo mismo. Ninguno había querido casarse «por el dolor que les causaba la idea solamente de separarse»: esto afirmaban á una voz. Por lo demás, ¡Virgen del Carmen, las proporciones que habían despreciado! Una de ellas, Dolores, al decir de las otras dos, había estado en relaciones seis años con un estudiante de derecho, en Santiago. Al concluir la carrera, Dolores, sin saber por qué, cortó las relaciones, y el estudiante se fué á su pueblo, donde despechado se casó inmediatamente con una prima rica. Otra, Rita, había tenido unos amores contrariados por su papá. El joven que amaba era poeta; estaba pobre. Nada pudo vencer la resistencia del papá á aceptarlo por yerno. Desesperado, desapareció, cuando menos se pensaba, de Santiago, después de haberse despedido tiernamente de Rita (los pormenores románticos de esta despedida no quiso la interesada que se contasen), y no volvió á saberse más de él. Algunos aseguraban que había perecido entre las garras de un tigre, buscando en California una mina de oro. En cuanto á la tercera, Carolina, era una verdadera locuela.