La alegría del Capitán Ribot

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Me fuí al barco en peor estado que el día anterior. Aquella señora me estaba preocupando más de lo necesario para mi reposo y buen humor.

Volví por la tarde y volví al día siguiente. Su figura interesante, sus ojos tan negros, tan inocentes y picarescos a un tiempo mismo, iban penetrando a paso de carga en mi alma. Y como sucede siempre en casos tales, empezaron agradándome sus ojos, y no tardó en encantarme su voz; luego sus manos finas de alabastro; poco después el vello suave que adornaba sus sienes; inmediatamente tres pequeños lunares que tenía en la mejilla izquierda. Hasta que, por fin, de una en otra llegó a hacerme feliz cierta manera defectuosa que tenía de pronunciar las "erres".

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