Explore "La alegría del Capitán Ribot" by Armando Palacio Valdés on Textopian. Read with annotations and highlights.
Por la tarde fuí con la familia al Cabañal, como de costumbre. Martí no nos acompañó por tener que evacuar cierto asunto (¿sería el de las cinco mil pesetas que perdió su cuñado?) De todos modos fuí lo bastante egoísta para alegrarme de su ausencia. Durante el viaje, y en las horas que permanecimos en la alquería, observé en la actitud y en los ademanes de Cristina algo que hacía temblar mi corazón de gozo y esperanza. No puedo explicar por qué, sin mirarme ni dirigirme una sola vez la palabra me sentía inundado de una felicidad celeste; pero así fué. Pasamos toda la tarde en el pabellón. Las damas trabajaban en su costura o bordado; yo leía o hacía que leía. Cristina, acometida de extraña languidez, no se levantó de su silla como a menudo solía hacer. Mientras los demás reían y bromeaban la vi permanecer silenciosa y grave, aunque sin ceño alguno. Su rostro estaba levemente enrojecido: mi imaginación me sugirió la idea de que era por los pensamientos que flotaban en su alma y por la vergüenza que le inspiraban. Nos fuímos luego a tomar chocolate a la casa, y mientras lo hicimos observé en ella la misma seriedad resignada y tierna; expresión que pocas veces reflejaba su rostro movible. Parecía embargada por suave enternecimiento no exento de vergüenza y melancolía.
En el oscuro y desierto horizonte de mi vida empezaba a apuntar la claridad: así me lo decía el corazón. Durante aquella tarde memorable fuí tan feliz como deben serlo los ángeles en el Paraíso o el autor de un drama cuando sale a recibir los aplausos al escenario entre el barba y la dama joven.