Read "Hombres y glorias de América" by Enrique Piñeyro online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Cuando de Washington llegó Douglas á defender personalmente en Illinois su candidatura senatorial, fué acogido por sus partidarios entre vítores, músicas y luminarias; desde las primeras reuniones el entusiasmo provocado por su presencia anunciaba el mismo triunfo fácil y completo de luchas anteriores. Para orador de plaza pública contaba Douglas con dos grandes ventajas: vigor físico extraordinario y resistencia infatigable; su talento de tribuno popular, compuesto por partes iguales de audacia y habilidad, sabía seducir la multitud halagando malas y buenas pasiones, sabía imponer despóticamente su opinión afectando confianza y envolviéndose en el manto de su autoridad y prestigio como antiguo y nunca vencido jefe del partido demócrata.
Su posición era, sin embargo, en aquel encuentro extremadamente delicada. La política de íntimo acuerdo entre miembros del partido en el Norte y en el Sur, que á él debía el grande impulso y militante aspecto tomados desde 1854 al abolir el compromiso y fomentar la colonización de Kansas en favor de los dueños de esclavos, subió á su apogeo en 1857 con la sentencia del Tribunal Supremo y las recientes combinaciones fraguadas para arraigar más firmemente la debatida institución; pero en realidad las cosas habían corrido mucho más allá de lo que Douglas deseaba, y vinieron á dejar minada por la base la posición que ocupaba, pues si conforme á la interpretación del Tribunal á nadie era lícito oponerse al establecimiento de la esclavitud en los Territorios, resultaba ilusoria, inútil, la facultad por él tan encarecida de resolver como atribución de la soberanía popular lo que la ley constitucional tenía ya concedido y reconocido. La contradicción de ambas teorías era evidente, la una inutilizaba la otra, y entre la interpretación de un simple senador y el fallo inapelable de la Corte no podía vacilarse al elegir. Douglas así lo confesaba con el hecho de apartarse en el Senado de la mayoría de sus colegas, de votar contra el partido que él mismo había conducido tantas veces á la victoria, de ofrecer, en fin, el raro espectáculo de un general en jefe disparando contra sus tropas en el momento decisivo de un asalto, sólo por disentir respecto á un punto de táctica constitucional. De ahí para el candidato un doble peligro que era menester conjurar: -- si defendía la doctrina del Tribunal con todas sus consecuencias, se enajenaba partidarios en el Norte, en su propio Estado, y podía perder la senaduría; -- si la repudiaba ó atenuaba en cuanto no ajustase á su vieja idea de soberanía popular, ahuyentaba número mayor de partidarios en el Sur y perdía seguramente la esperanza lisonjera de llegar á la Presidencia de la República.