Read "Hombres y glorias de América" by Enrique Piñeyro online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
No hay en la historia de los Estados Unidos período más triste que el cuadrienio presidencial de James Buchanan. No puede ser otro el juicio de la posteridad, aun cuando, para aplicarle toda la indulgencia posible, se atienda sólo á los tres primeros años y se prescinda del ruinoso y vergonzoso epílogo, de los cuatro revueltos y miserables meses últimos, desde las elecciones de Noviembre hasta la inauguración de Lincoln, en Marzo de 1861, durante los cuales siete Estados de la Unión se concertaron y organizaron á ciencia y paciencia del primer magistrado de la República, dueño del poder ejecutivo, para romper el lazo nacional y formar ellos solos una nueva confederación independiente, mientras el infeliz anciano, responsable ante sus conciudadanos y ante la historia, confesaba su impotencia absoluta de prevenir y evitar cuanto estaba sucediendo, y en su penoso azoramiento afirmaba que las leyes del país lo dejaban desarmado y sin autoridad para oponerse á los actos de rebelión de los conjurados.
Apenas instalado Buchanan en la Casa Blanca en Marzo de 1857, se imaginó suficientemente capaz de aquietar los ánimos de amigos y enemigos, de resolver por su simple iniciativa el candente problema que entre las dos opuestas fracciones tan violentamente se agitaba y de robustecer la amenazada unión de los estados. Movíanlo, sin duda, excelentes intenciones, pero engañado por su vacilante voluntad, por su cortedad de vista, su inteligencia limitada, ideó realizar la ardua empresa, ajustar el equilibrio, echando sobre uno de los platillos de la sacudida balanza todo su peso como depositario del poder ejecutivo. Juguete de la alucinación más extraña y menos disculpable en el jefe supremo de una poderosa nación, creyó que desavenencias tan graves podían componerse, favoreciendo sin medida la parte más extremada, la que se jactaba de desbaratar la patria, si era menester, por lograr su sedicioso empeño, la que veinte veces había obtenido completa satisfacción y formulaba, después de cada jornada victoriosa, mayores y más exageradas pretensiones.