Incesto by Eduardo Zamacois — Read

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La juventud, garbo y apasionado temperamento de Mercedes, rindieron muy pronto a Roberto, inspirándole un capricho que, por lo consecuente y duradero, ofrecía los gayos visos de una legítima pasión. Adoraba su ingenio desigual, a ratos candoroso y a ratos descocado y mordaz; sus ardores desbordantes y sus anhelos desenfrenados de saberlo todo; y como hombre mundano a quien las decepciones enseñaron a no preocuparse del mañana, aceptaba muellemente el curso de los acontecimientos, olvidando los peligros a que se exponía y las graves consecuencias que acaso trajese aparejadas aquel cariño. Roberto, en fin, jamás pensó en que Mercedes fuese, ni su mujer, ni su querida; esto dependía del porvenir, de las circunstancias. tal vez de los merecimientos que la joven tuviese para ser manceba o ascender a la categoría de esposa.

Ella, por su parte, idolatraba a Roberto, aunque tampoco midió la dulce posibilidad de legitimar aquellos amores. Roberto era a sus ojos el más guapo de los hombres, el mejor conversador, el más irresistible, el más socaliñero. Todas las partes de su cuerpo le parecían dignas de especial cariño y atención: admiraba su frente, cortada por las arrugas que formaron las frecuentes contracciones de los músculos frontales; y sus manos, llenas de experiencia; y sus oídos, que hubieron de escuchar los voluptuosos juramentos de muchas mujeres enamoradas; y sus labios, acostumbrados a besar y a mentir. Comparando a Roberto con los galanes protagonistas de "Eva" y "Cabeza de mujer", le hallaba superior a ellos y digno, por tanto, de coronarse vencedor en cualquier torneo pasional.

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