La puchera by José María de Pereda — Read

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No siempre halló el indiano de Nubloso igual comodidad que aquella tarde para hablar con Inés á sus anchas, ni, en rigor de verdad, me atrevo á afirmar que estos inconvenientes le contrariaran poco ni mucho; porque es de saberse que «la cosa bien extraña» que sucedió al acabarse la visita historiada más atrás, continuaba siendo misterio, y misterio bien mortificante, para Inés, por culpa de aquel hombre empecatado que huía de toda ocasión en que pudiera verse obligado á levantar siquiera la punta del velo misterioso. Pero no por eso faltaban el tiempo necesario ni lugar á propósito para decir él lo que quería y necesitaba decir, aunque no fuera, ni con mucho, cuanto deseaba saber ella, ni dejó de seguir su marcha devoradora el fuego amoroso en que parecían estar ardiendo los dos.

Á la tercera visita, ya se tuteaban; y deshechos con esta llaneza en el trato los estorbos que el ceremonioso «usted» opone á la franqueza de la expresión, aun en caracteres más resueltos y adestrados que el de Inés, la máquina de las ideas de ésta, aquella máquina que para ponerse en franco y seguro movimiento tuvo bastante con el impulso casual y rudimentario de una mano tan torpe como la del grosero seminarista, al calor de los afectos nuevamente adquiridos y con el estímulo de su comunicación frecuente con los del hombre que se los había infundido, tomó de repente unos vuelos maravillosos. ¡Entonces sí que estaba desconocida! Como en idénticos casos la había sucedido ya, no pudiendo, por su ignorancia é inexperiencia, extender á lo ancho la labor de sus investigaciones, las hizo á lo hondo, con la fuerza y la luz de su inteligencia clarísima; y la cuenta le salió aún mejor así, porque ahondar se necesitaba, y no otra cosa, para dar con el filón que ella iba buscando. Y ahondando, ahondando con el análisis de sí propia y el de la conexión íntima que «debía haber» entre su modo de sentir y el modo de sentir del otro, aunque llamando las cosas á su manera, llegó con los razonamientos á un punto de cordura y de fortaleza tales, que pusieron en graves apuros al receloso y asombrado galán. Para ser un poco atrevida, además de esto, le sobró con el ansia, que la devoraba, de aclarar el enigma que la servía de tormento á todas horas, y la amargaba las dulzuras de aquella pasión que ella consideraba como un don inmerecido de Dios.

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