De sobremesa; crónicas 3 by Jacinto Benavente

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Discusión digna de los mejores tiempos de Bizancio ha sido la originada por el aumento del impuesto sobre legados á favor del propio testador; sobre todo, si son en provecho de su alma; que si algo deja para vanidades corporales, como embalsamamiento, entierro de lujo, mausoleo ó erección de cuanto cabe erigírsele á un difunto, allá el demonio ó la Hacienda con ello, que eso importa poco; al fin, todo será economizar un poco en estas materialidades póstumas. Pero si se trata de misas, oraciones y preces, ¡qué terrible responsabilidad la del señor ministro de Hacienda si, por disminuir con el impuesto la cantidad que debió aplicarse á los sufragios, el alma de algún difunto se ve privada del descanso eterno! Nadie mejor que el interesado puede saber el número de misas y de responsos que necesita, y es gran maldad entrometerse en esta administración que sólo corresponde á lo eclesiástico; que por algo cuando se deja á un moribundo bien dispuesto para el último trance, suele decirse que le han administrado. Y ahora cuántas almas, como la de Garibay famosa, vagarán sin reposo á falta de ese dinerillo interceptado por el Fisco. ¡Ay del señor ministro de Hacienda si dan en aparecérsele y en atormentarle tantas almas en pena! Ya, por lo pronto, anticipándose á los muertos, claman los vivos, precisos intermediarios en estas operaciones de salvamento de almas. Es triste cosa que todo negociado espiritual haya de traducirse en algo material y palpable.

Por eso el señor ministro de Hacienda debe tranquilizar su conciencia, pensando que todo es cosa de almas, y que el alma de España, ese alma tan cantada en discursos y poesías, también tiene sus necesidades y que su espiritualidad sólo puede mostrarse por medio de organismos materiales que cuesta mucho dinero sostener. Y ¿de dónde sacarlo que menos duela que de las almas pecadoras? ¿Qué son unos años más de purgatorio ante la eternidad? Sobre que en muchos casos, al cobrar la Hacienda el impuesto de estos muertos piadosos, acaso no hará más que reparar un olvido de restitución y todo será para bien de las almas. En cuanto á los intermediarios, si tanto se preocupan por la salvación del difunto, no tienen más que rebajar los precios; después de todo, las oraciones no cuestan tanto trabajo. Todo menos que los muertos anden por el ministerio de Hacienda; porque los hay que, muertos y todo, harían inútiles las habilidades financieras del señor ministro para sacarles los cuartos.

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