De sobremesa; crónicas 3 by Jacinto Benavente

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Es sabido que, á la entrada de todos los inviernos, las señoras hablan de los vestidos que han de encargarse; los empresarios de teatros, de las obras con que cuentan, y los gobernadores de Madrid, de la extinción de la mendicidad. De todos estos programas, el único que suele cumplirse, y con creces, es el de la indumentaria femenina, dicho sea en honor de la mayor constancia del sexo débil en sus propósitos y determinaciones. Los empresarios estrenan lo que pueden, que no es siempre lo que quisieran; en cuanto á la extinción de la mendicidad. no pasa de conversación en que luce el ingenio de unos cuantos arbitristas, verdaderos ángeles de la caridad. con el dinero ajeno.

Y he aquí la primera dificultad en estas andanzas benéficas: que todos piensan el mejor modo de sacar los cuartos á los demás y nadie quiere sacar un céntimo de su bolsillo. Por lo pronto, el señor gobernador había pensado en añadir un nuevo impuesto sobre las localidades de los teatros, por ser cosa de lujo y nada necesaria, en opinión de dicha autoridad. En efecto, así como indispensables para la vida. Pero si argumentamos en lo necesario, ¿son tantas las cosas, en verdad, necesarias? Tal vez no lleguen á la media docena, y tal vez no estén entre ellas los gobernadores civiles. Considerando el teatro por la parte del público, sí que es un lujo bien innecesario, como tantas otras industrias, si sólo atendemos á los que se gastan el dinero en disfrutar de los productos y no á los que se ganan la vida trabajando para producirlos. De un lado está el lujo; de otro la necesidad. ¡Habría que ver los apuros del señor gobernador si en un día todos los empresarios de Madrid acordaran suprimir ese lujo, cerrando todos los teatros! No serían las damas elegantes ni los caballeros distinguidos, ciertamente, los que irían en manifestación lujosa á pedirle solución al conflicto; la gente adinerada es la que mejor puede pasarse sin teatros. La sorpresa del señor gobernador sería muy grande al ver miles de hombres y mujeres humildes clamando por el pan de sus hijos.

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