De sobremesa; crónicas 3 by Jacinto Benavente

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A la mayor parte de nuestras Juntas benéficas, ya sean de damas ó de caballeros, les sucede lo que al devoto del cuento en sus méritos para con Dios: lo que ganan por delante lo pierden por detrás. ¿Por qué reglamento rigorista ha de ser la Inclusa barrera infranqueable entre las madres y los hijos? ¿No debiera ser más bien lazo de unión, apartado de las miradas del mundo? No el alejamiento, la proximidad de las madres debiera solicitarse. El abandono del hijo es alguna vez, por monstruosa sequedad del corazón, cerrado á un instinto que hasta en los animales parece con delicadezas de sentimiento espiritual.

Pero ¡cuántas veces es miseria, vergüenza, miedo!. Y ¿no debe ser la sociedad entonces, y las Juntas de damas benéficas sobre todo, las que, en vez de apartar á la madre como indigna, porque cedió á esas consideraciones sociales, procuren ser piadosos intermediarios, no como secuestradores, sino como guardianes de los pobres niños, que no serían entonces abandonados del todo y para siempre por sus madres? En vez de decirles: «Aquí dejas á tu hijo; no vuelvas á acordarte de él», decid: «Aquí tienes á tu hijo; acuérdate siempre; ven cuando quieras; defiende tu vida como puedas, nosotras defendemos la de tu hijo.» Sea la caridad nodriza, educadora; pero no pretenda ser madre mientras la verdadera madre no haya renunciado á serlo por monstruosa perversidad. No digáis á los pobres niños: «Vuestras madres fueron tan malas mujeres, que no supieron ser madres.» Decidles: «Vuestras madres eran tan pobres, que no podían teneros á su lado; compadecedlas mucho, como nosotras las compadecimos.» ¿Creéis que no sería mayor su gratitud y que no podrán fundarse mayores virtudes si ellos ven que, no sólo los guardasteis la vida, sino el amor de la madre? Reformad esos reglamentos, nobles señoras; un reglamento de un asilo benéfico no debe ser como un Código penal, en que siempre se mira al hombre como un presunto delincuente. No todas las madres que dejan sus hijos en la Inclusa son malas madres; muchas son madres pobres, y, en la duda, todas son ¡pobres madres! Tan difícil como hacer leyes desde los salones de un ministerio es difícil hacer reglamentos desde gabinetes perfumados. Sobre todo, leyes y reglamentos para los pobres y miserables de la tierra, por los que nunca supieron de pobrezas ni de miserias.

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