De sobremesa; crónicas 3 by Jacinto Benavente

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Un niño, por travesura ó por desgracia, cae en la fuente de una plaza pública y muere ahogado, bajo muy poca agua, en presencia de numerosos curiosos y de dos agentes de la autoridad, representación, no por modesta menos respetable, del Estado tutelar y protector. Sobre los dos infelices guardas han caído todo el rigor de los superiores y todas las recriminaciones de la opinión. El señor presidente del Consejo dijo muy bien que no debieran ser sólo los guardias los castigados. Pero aunque para el Código penal sean delitos las omisiones tanto como las acciones, ¿qué medio hay en la ley para hacer efectiva la responsabilidad de una multitud indiferente? Y si miramos á nuestra conciencia, ¿no hallaremos en la impune omisión de los curiosos, lo mismo que en la punible de los guardias, síntomas de un estado de conciencia social del que todos participamos? ¡Era tan poca el agua! El niño, sin duda, podría levantarse y salir por sí solo. Tal vez si alguien se hubiera precipitado á socorrerle los curiosos se hubieran reído al verle chapotear en el agua; el regocijo hubiera subido de punto si era uno de los guardias. ¡Qué escena de película cinematográfica! ¡Estamos tan hechos á reímos de los agentes de la autoridad en sainetes y revistas llenas de gracia! Como el salvamento se hubiera logrado á poca costa, ¡cuánto nos hubiéramos burlado del salvador, si hubiera pretendido hacer valer su pobre hazaña! ¡Salvamento de náufragos en el pilón de una fuente! Chistes, caricaturas, ingenio. Las tragedias son así: necesitan un final trágico para que parezcan tragedias. Cuando se empieza á morir, hay que morirse; de otro modo, ¿quién cree que era tanto el peligro? No culpemos demasiado á los espectadores y á los guardias, más temerosos del ridículo que de un remojón insignificante, ¡Los pantalones de la autoridad enfangados! ¡El uniforme prestigioso chorreando! ¿No tendremos todos en nuestra vida alguna culpable omisión de que acusarnos? ¿No habremos dejado también que alguna criatura, tal vez indiferente, tal vez querida, se haya ahogado ante nosotros, en muy poca agua, sin que nuestra mano se tendiera protectora, sin que diéramos el paso que corre á sostener, sin que de nuestros labios saliera la palabra precisa de compasión ó de esperanza? Agua ó llanto ¡parecían tan poco! Cuando el agua ó el llanto ahogaron, ya era tarde.

El heroísmo pide grandes empresas: mares embravecidos, batallas, dolores trágicos. Ante el peligro de la fuente, ¿no es ridículo el gesto heroico? ¡El agua era tan poca! ¡Las fuerzas del niño eran menos! ¿Cuántas almas de niño no habremos dejado así ahogar, en muy poca agua, por no afrontar el heroísmo del ridículo? ¡Si diéramos siempre el paso que debemos dar! ¡Si dijéramos siempre la palabra que debemos decir!

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