De sobremesa; crónicas 4 by Jacinto Benavente

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En los Estados Unidos un matrimonio ha realizado, efectivamente, ese duelo á muerte que es todo matrimonio. La esposa, el adversario, según Capús, lo ha sido en este caso con todas sus consecuencias. Con mayor lealtad, al batirse á pistola con su marido, que tantas otras mujeres en ese duelo continuo á pinchazos, pellizcos y mordisquitos -- morales, por supuesto -- que tienen su campo de honor á todas horas, en la mesa, en el despacho, en el cuarto de costura, en el mismo tálamo, y por testigos, á parientes, criados, vecinos, visitantes y á la misma prole de los combatientes.

-- Contigo no hay quien pueda. No haces más que tonterías. Ahí tienes á Fulano; ¡si fueras como él! ¿Por qué seremos tan tontas las mujeres honradas? -- ¡Oh, la perfecta comunicación de vidas! ¡Oh, mujer nuestra, nunca nuestra! Si sabemos alguna vez cuál es tu pensamiento, es porque piensas siempre lo contrario, y aun sabes burlar nuestras suposiciones, pensando en una distinta contrariedad contraria á cuanto pensamos. Tú eres la conciencia del hogar cuando, por la Patria ó por la Humanidad, sacrificamos conveniencias familiares, y eres la conciencia acusadora, en nombre de la Patria y de la Humanidad, si nos dejamos seducir por tu voz de sirena doméstica. Nos quieres mezquinos por ti, y nos quisieras después grandes á pesar tuyo. -- Déjate de cuentos; sé como todos -- nos dices antes. -- Déjate de cuentos. ¿No ves cómo eres lo mismo que todos? -- nos dices después.

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