Explore "De sobremesa; crónicas 4" by Jacinto Benavente on Textopian. Read with annotations and highlights.
Que si Francia, que si Alemania. Cuando aun saboreamos las delicias del "ménage à trois", anglo-franco-español, concertado en la Conferencia de Algeciras, á la ligera, de pasada y como para que nadie haga caso, como puede decirse en estas notas por quien no tiene autoridad, me permití decir que el sentido común más rudimentario aconsejaba la alianza con Alemania, como más conveniente á los intereses españoles. De modo que no se dirá que me apasiono por Francia. Ahora, cuando veo que el apasionamiento por Alemania llega hasta desconocer y negar todo valor positivo á la cultura francesa, creo que, por lo menos, debemos acordarnos de que lo que sabemos de Alemania lo sabemos por Francia. Con todos sus defectos y su influencia más ó menos funesta en nuestra política, en nuestras costumbres, en nuestro arte -- y tal vez el pro contrapesara la contra, -- todavía podíamos imitarla en mucho, que nos sería muy conveniente. Por ejemplo: en su patriotismo, no limitado al aspecto bélico. Bien haremos al no confundir en nuestra admiración á un Cousin con un Kant, á Corneille con Shakespeare; pero, ¿no es altamente plausible y no debiéramos imitar nosotros ese laudable afán de los franceses por elevar sus glorias y presentarlas rodeadas de todo respeto á la consideración de los extraños? Cierto que es más ocasionada al ridículo la exagerada admiración, y nosotros somos un pueblo serio, que, por salvarnos del ridículo, caemos en la odiosidad de rebajar y denigrarlo todo.
La compañía de la Opera Cómica, de París, con su director, M. Carré, y su esposa, la espiritual artista Margarita Carré, han ido á Buenos Aires á dar unas representaciones de ópera francesa. Los periódicos hablan del valor, en sus dos acepciones, "courage et valeur", de los artistas expedicionarios, de su abnegación al marchar á lejanas tierras á predicar la buena nueva del arte musical francés; el público se dispone á recibir en triunfo á la gentil Margarita Carré y á su esposo. Lo mismo que aquí. María Guerrero, Rosario Pino, han hecho en América, por nuestro arte y por nuestro buen nombre, más que todos los embajadores y diplomáticos. A su vuelta nos contentamos con contarles el dinero; á la ida. no falta quien envíe un extracto ó crónica desacreditándolas. No digamos si el que viaja es algún escritor: ya nos encargamos de prepararle desde aquí el terreno, y cuando llega, va precedido de cartas particulares y artículos de muy buena firma, que vienen á decir en substancia: «Ahí les mandamos á ustedes ese pendejo, á quien aquí no admira nadie ni nadie toma en serio; suponemos que ustedes tampoco. ¡Ah! cuidado con los cubiertos». Lo mismo que enviaron los franceses á Clemenceau y á Anatole France; lo mismo que envían al más insignificante de sus cómicos ó cantantes. Aquí nos reimos mucho de esas cosas; pero con esas cosas pueden atreverse á escribir: «La Argentina, hija de Francia», y con razón se indigna Mariano de Cávia, y con razón no se indigna sólo con el autor de la fanfarronada, sino también con los que desde aquí, por su desidia, la hicieron posible.