El niño de la bola by Pedro Antonio de Alarcón

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No tardó en aparecer al opuesto confín del reducido paisaje la tribu de jumentos anunciada por tan claros rumores, sobre la cual iban procesionalmente todos los pasajeros que aquel dia habian tenido precision de encaminarse de la Ciudad á la Capital; dado que entónces era sábia costumbre no hacer este viaje sino formando grandes caravanas, en evitacion de tropiezos con la partida de ladrones del Tuerto B, del Chato X, del Manco H, ó de cualquier otro "lisiado por la mano de Dios", -- que siempre fueron los cabecillas más célebres y temidos. -- Y, áun así, el encuentro solia tener lugar, con derrota segura de los confederados viajeros.

Marchaba esta vez al frente de la comitiva una pareja de aceiteros del Reino de Jaen, escoltada por muchos burros de vacío, sobre cuyas albardas yacían exánimes los desocupados pellejos. Venían luégo otros cuatro asnos de la misma recua, convertidos en cabalgaduras de dos mujeres de fisonomía, edad y clase medianas y de dos hombres por el mismo estilo, uno de ellos con gorra de cuartel, en que brillaba la modesta insignia del Subteniente de ejército, y el otro con medias negras de lana y todo el corte de sacristan ó de meritorio del oficio. -- Seguian unos cuantos mozalvetes (estudiantes, sin duda, que regresaban á la Universidad despues de las vacaciones de Semana-Santa), los cuales andaban á pié por su gusto y para enredar más, pues allí tenian de sobra caballerías en que subirse; y cerraba la procesion el jefe de los aceiteros, cuya ámplia faja debia de contener el producto contante y sonante de la venta del aceite, dado que montaba una mulilla muy vivaracha, como para volver grupas y ponerse en salvo al primer barrunto de amigos de lo ajeno. -- Las dos señoras (que bien merecian este dictado por su gravedad olímpica) iban en sendas jamugas, con sus correspondientes almohadas de cama y la indispensable colcha de percal (para mayor decoro): el subteniente, que era grueso, habia tenido que sentarse á mujeriegas en el ancho y tosco aparejo de esparto, por miedo de abrirse hasta la cintura yendo á horcajadas; y el sacristan, en virtud de igual temor, aunque era de ménos carnes, habia optado por montar un borrico en pelo, del cual ya se habia caido dos ó tres veces.

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