El niño de la bola by Pedro Antonio de Alarcón

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El dia siguiente, á las once de la mañana, estaba ya Manuel á la puerta del Colegio, en busca de la contestacion que aguardaba de parte de D. Elías, y, miéntras era llegada la hora de que la niña saliese de aquel santuario (donde vulgarísimas muchachas y estólidas maestras -- así suelen discurrir los enamorados -- tenian la gloria de verla coser y de oirla decorar sus lecciones, como si ella fuese tambien criatura mortal), el pobre mancebo se paseaba, lo más léjos posible del mudo caseron, enmarañando y devanando por centésima vez en su memoria todas las palabras que dijera la víspera á la señora de sus pensamientos y todas las temeridades y locuras que desde entónces se le habian ocurrido sobre la significacion del rubor, de la mirada, del enojo, del desenojo, del miedo, de la sonrisa y de la fuga de la intrépida y silenciosa adolescente.

De lo que no podia dudar, de lo que no dudaba, de lo que estaba segurísimo era de que Soledad le amaba: no ya porque D. Trinidad Muley se lo hubiese contado, con referencia á la mujer del usurero, sino porque á él se lo habia dicho todo su sér, enajenado de un gozo y una delicia que no podian engañar á su leal naturaleza, desde que recibió aquella mirada (reveladora de dulces y ya presentidos misterios) con que la niña, trocada en mujer, habia transfigurado al niño en hombre.

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