El niño de la bola by Pedro Antonio de Alarcón

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Cuando el reflexivo y cauteloso D. Elías llegó á penetrarse de que Soledad, la única persona á quien habia amado y favorecido desinteresadamente, podia servirle de escudo y defensa contra la ira de Manuel y contra la indignacion ó la mofa del pueblo («"que tal es siempre" -- observaron á este propósito los moralistas -- "el fruto de las buenas acciones"»); cuando se convenció, digo, de cuánto la queria y veneraba el jóven Venegas y de cuánto la admiraba y respetaba el público (sentimientos cuyos beneficios materiales no podrian ménos de alcanzar al que, en medio de todo, era padre de tan gentil y meritoria criatura), hizo rápidamente una completa revolucion en su vida y costumbres.

Comenzó el viejo por aventurarse á ir á misa, cosa que deseaba hacía mucho tiempo, para librarse de la fea nota de "judío", "rabote", "hereje" y otras lindezas que le aplicaba el vulgo; propasóse luégo á salir al campo, segun lo requeria su salud, á juicio del médico de la casa, y acabó, finalmente, por asistir á los paseos públicos y á las fiestas populares, como cualquier hijo de vecino., ó poco ménos. -- Todo ello (bueno es hacerlo constar), aprovechando la temporada que Manuel estuvo herido por consecuencia de su lucha con el oso.

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