El misterio de un hombre pequeñito

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Don Gil Tomás, el hombre más chiquito de Puertopomares, vivía en un hotelito de su propiedad situado en el Paseo de los Mirlos, á dos pasos de la Glorieta del Parque. Frisaba en los cuarenta y cinco años, y tenía un metro treinta y nueve centímetros de estatura. Amén de ser el vecino más pequeño era también el más original, lo que le infundía á despecho de su hurañoso retraimiento, notoriedad indiscutible. Sin cultivar la amistad de los ricos ni fraternizar demasiado con los pobres, sin militar en ningún partido político, ni exhibirse, ni hacer nada que pudiese atraer la pública atención, aquel individuo minúsculo ejercía sobre sus conterráneos un raro dominio, una especie de fascinación á distancia. Comía de sus rentas, hablaba poco, gustaba de pasear solo y en su casa, donde le acompañaban dos criadas, que eran también sus mancebas, nunca recibía visitas. Una indefinible emoción de silencio le precedía, le acompañaba y quedaba flotando tras él. Cuando iba por la calle los ociosos que tertuliaban delante de la botica de don Artemio y de la Fonda del Toro Blanco, interrumpían sus diálogos al verle acercarse, le cedían la acera y le saludaban con un comedimiento que parecía encubrir un temor; luego que había pasado, todos, á la vez, se quedaban mirándole. Si llegaba al Casino de noche, lo que ocurría pocas veces, instalábase aparte y ojeaba los periódicos. No buscaba relaciones, pero tampoco negaba á nadie su saludo; ni amiguero ni misántropo, mostrábase cuidadoso de no rebasar nunca los límites vulgares; y, sin embargo, todos le atisbaban, le espiaban y añadían á su equilibrada conducta interminables apostillas. Aquel hombrecito que, para subirse á los divanes necesitaba ponerse de puntillas y ayudarse con las manos, y cuyos pies, una vez sentado, quedaban colgando como los de un pelele, tenía una capacidad centrípeta enorme.

Buena parte de este poder provenía evidentemente de la fuerte extravagancia de su figura.

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