Explore "El misterio de un hombre pequeñito" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
La ociosidad y regocijo del vecindario puertopomarense tenían, aparte el pequeño festival organizado en la plaza, todos los domingos, á la hora de misa mayor, cuatro manifestaciones principales: el Casino, la Fonda del Toro Blanco, el café de la Amistad, vulgarmente llamado «de la Coja», por serlo su dueña, y la estación del ferrocarril. De estos lugares, los tres primeros pertenecían exclusivamente al elemento masculino; allí se congregaba para hablar de toros, de sementeras y de política; jugar al dominó ó echar un rato á carambolas. Como fatigado de la calle, el hombre, si intenta divertirse, necesita hallarse sentado y entre paredes. En cambio, la mujer, que vive recluída y en perpetua inquietud de ensueño, prefiere caminar, sentir el aletazo de las cosas que violentamente llegan y huyen, y se va á la estación.
El Casino era el lugar predilecto de lo más conspicuo y benemérito de la población; lo que constituía la nata, penacho ó cogollo de la mejor sociedad, acudía allí. El patio de la Fonda del Toro Blanco, gracias á las cortesanas marrullerías y buen unto de don Valentín, era visitado también por la gente de pro, pero señalaba, dentro de la distinción, un matiz más familiar, menos etiquetero y mirlado. Siempre que las personas de viso sentían la pereza de vestirse con toda pulcritud; cuando don Elías, por ejemplo, estaba con los pies doloridos de andar y sin ánimos para calzarse las botas nuevas; ó don Artemio se había ensuciado los puños de la camisa con el mortero y no tenía ganas de mudárselos; ó don Juan Manuel Rubio, gordo y comodón, no quería aplicarse el tormento de un cuello almidonado, iban á la fonda de Olmedilla. La concurrencia, de consiguiente, era selecta, pero mostraba en su indumentaria y actitudes cierto desaliño familiar. Se hablaba más alto y las discusiones adquirían fragosidades tempestuosas; el individuo que en el Casino le hubiese pedido á Teodoro te ó café, en el Toro Blanco, bajo el lozano dosel de la parra que cubría el patio, bebía aguardiente; los jugadores de dominó porraceaban con bullicioso ímpetu el mármol de las mesas, y á nadie le parecía mal; allí los cuellos anchos, deshilachados y cubiertos de suarda, de don Niceto, no atraían la murmuración, y don Ignacio hubiera podido quedarse impunemente en mangas de camisa.