El misterio de un hombre pequeñito

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La tragedia que por las noches, á vuelta de numerosos y crueles ensueños, iba devanándose en la casa del chopo, continuaba su curso.

Tan fuerte y constante era la sugestión de don Gil sobre los hermanos Paredes, que estos empezaron á confundir las fantasías de sus horas de descanso con las pertinaces y homicidas meditaciones de sus vigilias, hasta no saber distinguir entre lo soñado y lo mucho malo que discurrían con los ojos abiertos. El propósito de deshacerse del señor Frasquito ofrecíase á la estrechez de sus magines por momentos más llano, razonado y viable. Unas veces suponían que la constancia de tal obsesión motivaba las pesadillas con que el hombre pequeñito les atormentaba, cual si éstas no fuesen más que simulación ó resultado de aquélla; otras admitían la existencia objetiva del alma de don Gil, creían que, efectivamente, el espíritu del enano iba á visitarles y, de consiguiente, que, cuanto sus oscuros cerebros maquinasen despiertos, era reflejo, comentario ó consecuencia naturales de lo que aquél les hubiese dicho en el terrible hilar de sus noches. La idea criminal no cejaba. Rita, en su casa, mientras cosía, ó junto al fogón, ó delante del lavadero, conforme sus manos nervudas manejaban las ropas chorreantes de agua enjabonada, retorciéndolas como si fuesen cuellos, repetía abstraída:

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