Explore "El misterio de un hombre pequeñito" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
En sus peregrinaciones nocturnas don Gil saludaba muchas almas que, como la suya, iban y venían sabrosamente, horras de la dura sujeción carcelaria del cuerpo. Con los espíritus de las personas dormidas, entremezclábanse los de las ya difuntas, y entre todos componían multitudes numerosísimas, que viajaban, se relacionaban y tenían quehaceres, como si revestidos se hallasen de carne mortal. Los finados disfrutaban de esta segunda vida de noche y de día, sin preferir la luna al sol, como cree el vulgo; los dormidos sólo gozaban de ella de noche, cuando el sueño les restituía su libertad. Llegaban á lo invisible por montones, en grupos alegres, cual viajeros que se apeasen de un tren, é inmediatamente trasladábanse de un lado á otro con la misma vertiginosa velocidad de su deseo. Porque el alma, toda el alma, es deseo, y así su ligereza es la del pensamiento y corre parejas con la del tiempo, que jamás se detuvo. La agilidad de los espíritus, sólo á la de los marconigramas puede compararse, y aun es superior la de aquéllos. Las pesadillas más dilatadas, más complejas, duran instantes; una alma, para volar sobre todos los mares y dar la vuelta al mundo, con la décima parte de un minuto tiene suficiente.
Reintegrado cada espíritu á su cuerpo en el momento del despertar, raras veces consigue acordarse de lo soñado; cree haber dormido profundamente y que en su reposo no hubo imágenes. Error. Dormir es soñar, y soñar equivale á vivir la vida de los muertos. Pero sucede que esas ideas-imágenes que estremecen al espíritu durante sus horas de libres, por su tenuidad, rapidez y selección carecen de la grosería material necesaria para conmover los centros nerviosos. Inútilmente llaman á éstos; entre ellas y el aparato receptor, no hay proporción ni equilibrio. Su esfuerzo se pierde como el del niño que quisiera mover una palanca ó hacer sonar un timbre cuyos dinamismos requiriesen la energía de un hombre.