Explore "El misterio de un hombre pequeñito" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
Las últimas semanas de aquel invierno iban desfalleciendo apacibles en la misma suave sinfonía, glauca y oro, del paisaje y del sol. La temperatura era agradable. A intervalos cerrábase el horizonte y caía una grupada que mojando los edificios los oscurecía, lavaba las calles pendientes y gorgoteaba risueña en los alcorques; pero, luego, el cielo parecía más límpido y más alto, y mayor la luz. En los árboles, desnudos aún, la mirada zahorí de los agricultores atisbaba, sin embargo, indicios de una pronta resurrección; en los troncos advertíanse manchitas verdes, diminutas como lunares, que con la bonanza del tiempo se convertirían en sarpullos, y el color negro de las ramas escuetas era menos rotundo. Los montes, quemados por la escarcha, ofrecían en sus laderas grandes extensiones desprovistas de tierra vegetal, que de noche blanqueaban espectrales como osamentas. En la sierra y en el valle, á falta de otros colores más blandos y alegres, el paisaje se cubría de tonos violentos. En las torrenteras, lo que no era piedra simulaba metal; al lado del cobre, el basalto; junto al brochazo caliente del ocre, el negro rebruñido del azabache; sobre un estrato de plata, uno de plomo, y luego otro, profundo, tenebroso, como una veta de carbón, y más arriba preduzcos enormes vestidos de cinabrio; todas las muecas, en fin, del mundo inorgánico, toda la policromía adusta, llena de severa aridez, de la química mineral, toda la gama multicolor de los sulfuros y de los sulfatos, del granito y del plomo, del cuarzo y del yeso, del feldespato y de la arcilla. Y sobre aquel panorama, cuyo acorde predominante ó fundamental eran el negro, el berilo y el añil muy oscuro, la crestería cana de la sierra; y encima el espacio azul, de un azul pálido, frío, triste, como un convaleciente.
En toda aquella época del año, desde primeros de Noviembre á mediados de Marzo, la voz del Malamula parecía más fuerte, y el paisaje cobraba resonancias poderosas. Desprovisto de herbazales el valle, sin frondosidad el bosque, muertos los matorrales bajo el abrazo de la escarcha, limpios los gollizos y los tajos serrinos de plantas rampantes, de líquenes y hasta de musgo, el silbido de los trenes y las voces de la tempestad, no hallando blanduras sobre que apagarse desmayadamente y como entre terciopelos, repercutían mejor. Era la sonoridad de una casa de donde se hubiesen llevado las cortinas y las alfombras.