Explore "Historia De La Decadencia De España" by Antonio Cánovas Del Castillo on Textopian. Read with annotations and highlights.
Este progreso en la conciencia histórica del autor de la _Historia de la decadencia_, es uno de los fenómenos más dignos de estudio en la vida literaria y política de Cánovas del Castillo. Para poder formar su contraste en la sana balanza de la buena crítica, parece que providencialmente confluye la división de la época respectiva en que escribió cada una de las tres más importantes obras históricas que nos ha dejado: _La Historia de la decadencia_, el _Bosquejo histórico de la Casa de Austria_ y los _Estudios del reinado de Felipe IV_. La primera es de su precoz juventud, de 1854, cuando no tenía veintiséis años, no había acabado su carrera del Derecho y era periodista batallador en las columnas de _La Patria_. El segundo, se publicó en 1869: es decir, á los cuarenta y un años de su edad, cuando ya había desempeñado cargos diplomáticos en Roma y superiores administrativos en el Ministerio de la Gobernación, llevaba largo embate en las contiendas del Parlamento, había sido ministro de la Corona, ocupaba sitiales en las Reales Academias, y había practicado estudios históricos de personal investigación en los Archivos públicos, como el _Asalto y saco de los españoles en Roma_ , _El barcho ó parque de Pavía_; la _Batalla de Rocroy_ , _Las relaciones de España y Roma en el siglo_ XVI en trabajos de _Revistas_, y en discursos académicos _La dominación española en Italia_ , la _Invasión de los moros africanos en nuestra Península_ y otros semejantes. Por último, _Los estudios del reinado de Felipe IV_ aparecieron en 1888, á los sesenta años de su edad, á los trece de haber hecho la restauración de la Monarquía y de la Dinastía en España, de ser el supremo director de la política española dentro y fuera de la nación, y de hallarse en el apogeo de su poder, de su saber y de su experiencia. En las tres obras históricas de 1854, de 1868 y de 1888, de necesidad se imponen, siendo unos mismos los grandes actores de los sucesos que relatan, la repetición del juicio, no sobre los hechos, sino sobre los personajes sobre quienes caía la responsabilidad del tiempo, del éxito y de la Historia. Nudo de toda la política de España durante el siglo de la decadencia, por toda la extensión del XVII mas que ningunos otros personajes, son evidentemente el rey Felipe IV y su gran ministro ó privado el Conde-Duque de Olivares, D. Gaspar de Guzmán. Ante estas dos figuras sólo desempeñan un papel secundario, las que las precedieron en el Trono ó en el Gobierno, Felipe III y el duque de Lerma, D. Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, y las que le siguieron en análoga posición, la Reina Doña Mariana de Austria con el P. Neïdthard y D. Fernando de Valenzuela, primer marqués de Villasierra; Carlos II y D. Juan José de Austria, y sobre el fárrago de sus ministros circunstanciales, sus dos mujeres, á quienes sobre él y su Gobierno se atribuye una influencia determinante: Doña María Luisa de Orleans y Doña María Ana de Neoburg. Pues bien: ni el Felipe IV de la _Historia de la decadencia_ es el Felipe IV del _Bosquejo histórico_, ni el Felipe IV de ésta y aquella obra el Felipe IV de los _Estudios históricos_. Todavía esta diferencia de apreciación, de juicio y de concepto se nota más en estas tres obras, cuando se trata del Conde-Duque de Olivares. De haberse escrito para las monografías de la _Historia general de España_, la que el Sr. Cánovas del Castillo se reservó, hubiera aún pronunciado el juicio definitivo sobre aquel Rey y aquel ministro, tan injusta é innoblemente vilipendiado durante tres siglos, habiendo sido este con su monarca, los únicos espíritus verdaderamente españoles que trabajaron cuanto pudieron por devolver á España su esplendor empañado y por conservar su prestigio, su supremacía y su poder: juicio definitivo que está aún por pronunciar, y que, muerto Cánovas del Castillo, la vista angustiada no alcanza á ver el espíritu suficientemente independiente é ilustrado que lo pueda consagrar.
Como Cánovas del Castillo fué siempre, desde su primera juventud, un hombre de buena fe, ni en esto, ni en otros extremos que más adelante él mismo condenó en sí mismo, siendo obra suya, no puede culpársele más que de haber extremado en la _Historia de la decadencia_, tal vez la nota adversa bajo la presión que en su espíritu juvenil ejercían las ideas con que se aprontaba á colaborar ciegamente en una próxima revolución.