Explore "Adriana Zumarán" by Carlos Alberto Leumann on Textopian. Read with annotations and highlights.
Precisamente a esa hora del anochecer salía Muñoz de la casa de Julio.
Le había esperado durante dos horas, a pesar de afirmarle el sirviente que no volvería antes de la una. Le hubiera esperado dos horas más, por la sensación de oscuro alivio que le produjo estarse allí, solo, y sentado al escritorio y entre las cosas de un hombre a quien odiaba ahora con toda su alma. Pero no se quedó más tiempo por cierto temor: había sacado de su marquito de plata un retrato de Adriana y después de romperlo se había metido los fragmentos en el bolsillo. Era indudable que el sirviente, al entrar, podría advertir la desaparición; le hubiera preocupado mucho menos la idea de que pudiese advertirlo Julio.