Explore "La región más transparente" by Carlos Fuentes on Textopian. Read with annotations and highlights.
La luz del amanecer se condensó en Federico Robles: en su opacidad, el hombre viejo y silencioso, con el traje arrugado y las manos escondidas en el saco, parecía el origen de la misma luz que lo bañaba. Había caminado, sin rumbo, sin sentirlo, por barrios que le eran desconocidos, que habían surgido fuera de su memoria mientras él se aferraba al círculo urbano estricto desde donde había cumplido su vida y su poder. No buscaba nada, no preveía nada en su caminata fría y ciega; el somero esqueleto gris de la ciudad apenas lograba rasgar su vista mientras caminaba, sin lentitud y sin prisa, acarreado por sus ojos antiguos, entre los residuos de la fiesta del Grito; los grupos de mariachis desvelados, de borrachines simpáticos, de mujeres que hacían cola frente a las lecherías de barrio, con los niños envueltos como nudos de lombriz en los rebozos, corrían sin sentido alrededor de Federico Robles: sabía, sir verlo, que nadie lo observaba detenidamente, que a nadie le resultaba fuera de lugar su figura negra, su vejez repentina, todo su nuevo contorno; que su persona excepcional de ese instante era la persona común que todos aceptarían. Robles se detuvo en seco al cruzar una calle, cuando el estruendo de un camión materialista logró penetrar más allá del estruendo de fuego que se había apoderado de su oído. El cuerpo de Robles volvía a desplazarse, con una pesantez furiosa, por los salones de la mansión de las Lomas -con una secreta intuición destructiva, jamás deseada, jamás consciente; era el estruendo de tibores estrellados sobre el piso de mármol, de lámparas arrancadas a sus contactos, de un mantel arrastrado con toda su cuchillería y platos de porcelana, con la cena helada que jamás se había consumido, con los candelabros parpadeantes que iluminaban el comedor; era el estruendo de la risa sollozante de Norma golpeando la puerta cuando Federico, sin distinguir la luz helada de los cubiertos y el mármol de la lenta y lamida de las velas caídas, salió de la casa con un portazo y se lanzó en su automóvil Lomas abajo, con todas las imágenes superpuestas y bailarinas, imagen de luz y risa y destrucción y carne azorada. Cuando abrió los ojos y metió, con un asombro repentino, el freno, respiró el aire de madrugada de un lugar que desconocía; se sintió al final de un largo viaje: los muros despintados le cerraban las vías, los postes de luz y teléfonos, reblandecidos, formaban una selva de alambre impenetrable. Robles descendió con el traje arrugado de tres días de vida y vio la placa de la calle: Fray J. Torquema-da. Una vía recta, donde el color sin tonos del pavimento se continuaba en las casas y en el firmamento. Robles caminó sin rumbo, perdido en su afán secreto, conducido por otras manos y otros pies al centro y ombligo de la urbe, al lugar del nuevo encuentro. Los olores de la ciudad se apretaban en un solo haz nítido que el trajín y dispersión del día hacían desaparecer. Ese olor de vapor y ruedas de tren, de gas escapado, de flores despiertas llevadas al mercado, de orines húmedos sobre la pared y el polvo, de las primeras cocinas del día y de la ciudad. Envuelto en un aire transparente, sin peso, de navaja líquida. Las calles de Algarín y la Colonia Obrera no tenían nombre ni rostro: como una serpiente gris, reptaban los pliegues de la ciudad, se enrollaban y erguían bajo los pies cansados de Federico. Un murmullo de letanía y sollozo que partía, más que de las voces, de la alta neblina que nacía en una alcantarilla y rodeaba una casucha de adobes pardos y maderos claveteados, lo detuvo.
-Estrella matutina.