Explore "Oros son triunfos" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuatro días después de lo referido en el capítulo anterior, la casa de don Serapio volvía á presentar el aspecto de sus mejores tiempos. En el escritorio no cesaba un instante el ruido seductor de la moneda; montones de ella aparecían en mesas y tableros con la matemática regularidad de un ejército en parada; y al comenzar el desfile, con la misma iban pasando á acuartelarse en la insondable caja que, en menos de tres días, se tragó, contantes y sonantes, no menos de cien mil pesos. Años hacía que en aquel rincón del mundo no se había visto tanto dinero junto. Don Serapio lo palpaba y no lo creía. El achacoso comerciante parecía haber rejuvenecido medio siglo en media semana. Su aire era más suelto, su mirada más viva, su color más animado; daba tal cual golpecito sobre el hombro á su dependiente de confianza, quien ¡para que se vea hasta qué punto era chocante la revolución que allí se había verificado! pagaba con una sonrisa verdadera cada caricia de su principal; los dos dependientes se permitían entre sí ciertos equivoquillos, aunque á media voz; y hasta el almacenero, cuando subía con algún recado, tarareaba unas manchegas ó silbaba el himno de Riego. Aquello parecía un contagio de misteriosa enfermedad: todos se sentían atacados de ella, y sólo don Serapio y el tenedor de libros conocían las causas.
¡Pues no les digo á ustedes nada de cómo andaban los ánimos y las cosas por la habitación! Doña Sabina era un argadillo; Enriqueta se reía sola; las doncellas andaban en un pie, y la cocinera no daba golpe sin romper un cacharro, asombrada de ver que su señora, lejos de echarla un sermón por cada siniestro, la decía por todo desahogo: -- «Ande usted, que rica es la orden».