Almas errantes by Ricardo Catarineu — Read

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La huerta de Bellavista era enorme. Casi desde lo alto del monte llegaba hasta la carretera. Daba entrada una soberbia y amplia verja de hierro pintada de verde. Espléndida y enarenada alameda, interrumpida a la mitad por soleada plazoleta, con fuente y estatua en el centro, llevaba al visitante hasta el jardín, riquísimo en rosales; a la terminación del vergel admirábase la terraza del hotel, que era éste un verdadero palacio. A ambos lados de la alameda, y detrás del hotel, dilatábase la huerta, pródiga en nogales, perales y manzanos. Frente a una de las puertas laterales del edificio, vieja y frondosa higuera cobijaba en su sombra un velador de piedra y algunas rústicas mecedoras de hierro. Sentado en una de éstas, apoyados los codos sobre la pétrea mesa, Carlos devoraba un respetable revoltijo de huevos fritos, jamón y salsa de tomate, mientras dirigía perezosamente miradas temerosas al fajo de periódicos sin abrir. Detrás de él, morral y escopeta recordaban que aquel hombre venía de cazar. El sudoroso y resoplante Pointer, a sus pies tendido, tampoco lo olvidaba, a juzgar por el gusto con que trituraba los huesos o se engullía los desperdicios del jamón que el almorzador abandonaba a su apetito. No serían las nueve de la mañana aún. Desde la umbría inmensa de Bellavista divisábase arriba las cumbres y abajo la carretera, los maizales, el río, dorados por la caldeada luz matutina y aspirando fatigosamente los rayos del sol.

El cielo de Asturias, cuando no gris, de un azul blanquecino, siempre toldo benigno que resguarda del calor o del frío, dejando sólo filtrarse la humedad, tiene, sin embargo, algunos días excepcionales, pocos y en el rigor del verano, de azul intenso, de luz rabiosa, que Andalucía envidiara. Éste era uno de ellos.

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