Explore "Almas errantes" by Ricardo Catarineu on Textopian. Read with annotations and highlights.
En la terraza, frente a una mesilla volante, apoltronados en sendas butaquitas de mimbre, ambos amigos saboreaban el chocolate del desayuno.
Allá en los venturosos días fugitivos de la primera juventud, Fernando Gelabert y Carlos Carreño se consagraron mutuamente predilectísima estimación. Ya separados y distanciados por las vicisitudes de la vida, ninguno de ellos volvió a encontrar otro amigo en quien compenetrarse tanto. Años hacía, Fernando no sabía de Carlos, ni éste de aquél. El administrador de la viuda suponía a su camarada de Madrid trabajando en Roma como pintor pensionado. El artista creía definitivamente encerrado en Cuba a su antiguo condiscípulo. Apenas la casualidad les reunió de nuevo, adoptando el azar para este feliz resultado la aterradora forma del vuelco de un coche, despertó en ambos fraternales corazones el impaciente anhelo de asociarse en una fervorosa oración por los años de ausencia.