La escuela: Risa y libertad by Claudio Magris

Explore "La escuela: Risa y libertad" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.

No sé si la anunciada reforma de la escuela, que en su conjunto parece sensata y oportuna, prevé también la modificación de los reglamentos disciplinarios de los distintos institutos; por lo demás no conozco siquiera los actuales, verosímilmente distintos de los vigentes en mis tiempos. En el reglamento de mi instituto había un artículo inolvidable que prohibía a los alumnos fumar en el instituto o en sus «adyacencias». Si hubiese puesto «alrededores» no habría sucedido nada, pero esa palabra pomposa y poco usada era irresistible, de modo que un amigo y yo le escribimos al director una carta en la que decíamos que, con el corazón en un puño, teníamos que indicarle que un compañero nuestro -con el que nos liga, hoy lo mismo que entonces, una amistad consolidada con los años- fumaba detrás de las columnas de enfrente del instituto, al otro lado de la calle. Naturalmente -añadíamos- no sabíamos si aquellas columnas debían ser consideradas como adyacencias o no; esperábamos que no lo fueran y en caso de duda le rogábamos al director que decidiera, por el bien de nuestro amigo, que no fuesen adyacencias, pero no podíamos ciertamente nosotros, humildes y modestos alumnos, establecer por nuestra cuenta qué zonas tenían que considerarse adyacencias y cuáles no. Nos encogía el corazón tener que denunciar a un queridísimo amigo, pero la propensión de los sentimientos y la amistad, espontáneos e irreflexivos movimientos del corazón que -como se nos había enseñado en la clase de filosofía- la virtud y la razón miran con recelo, tenía que ser sacrificada al Deber respecto a la Escuela. Fuimos justamente castigados, pero de una forma suave, porque aquella escuela, cuya ampulosa clasicidad era con razón objeto de risas, apreciaba también el sentido del humor y las veía venir respecto a los estudiantes que, asimismo con razón, se burlaban de ella y aprendían a amarla y a respetarla también por medio de la risa.

La auténtica seriedad de los estudios -que puede y debe ser severa, pero nunca grave y presuntuosa- es inseparable de la vivacidad del juego, que no supone superficialidad ni frívola mofa. El verdadero juego es ligero, pero también apasionado y por consiguiente serio; es raro, en la vida, que uno se entregue luego a otras actividades con el mismo ímpetu con el que se lanzaba a los juegos de infancia. El juego -el que aún no ha sido pervertido por el mortal y aburrido fanatismo competitivo, que arruina todo placer para conseguir un récord estulto- es libertad, ironía, conciencia de las ficciones de las que está hecha la vida y participación intensa pero desenfadada en su carrusel; a diferencia de los adultos, que tan a menudo idolatran el papel que representan y hacen de él un falso absoluto que los aplasta, los niños que juegan a policías y ladrones saben que no son ni policías ni ladrones, pero en sus carreras y sus persecuciones se emplean todo lo a fondo que pueden.

Reading navigation