Jeromín by Luis Coloma — Read

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Al anochecer del martes 16 de septiembre de 1578 sintió repentinamente Don Juan de Austria intenso frío de calentura y un como desabrimiento general en todos sus miembros. Durole la calentura toda la noche, y al día siguiente, desabrido aún el cuerpo y muy dolorida la cabeza, levantose, sin embargo, a su hora ordinaria, oyó misa, despachó negocios, celebró consejo y visitó algunos cuarteles. Sucedía esto en el campo de Tirlemont, adonde Don Juan había trasladado sus reales después de la famosa batalla de Malinas, última que dirigió y en la que tan memorables proezas se hicieron. Diezmaba la peste el campo de los rebeldes, y aunque el contagio no había penetrado en el de Don Juan, padecíase en él mal de cámaras, y cebábase principalmente en las tropas tudescas, gente toda intemperante en el comer, y en el beber no escrupulosa. Preocupaba esto con razón al señor Don Juan y tomaba precauciones extraordinarias para evitar el contagio, inspeccionándolo todo él mismo, haciendo rondas diarias por los cuarteles, visitando a los enfermos en sus barracas, socorriéndoles y animándoles, y procurando, sobre todo, que no muriese ninguno sin recibir el Viático, al cual solía acompañar él las más de las veces; asunto éste de los Sacramentos que por lo trascendental y eterno tenía encomendado a su confesor de entonces el franciscano fray Francisco de Orantes, para que urgiese y vigilase a los muchos religiosos que había en el campo; porque Don Juan, que siempre cuidó mucho del bien espiritual de sus tropas, había llegado en estos últimos tiempos a hacer de su campamento, según Van der Hammen y Cabrera de Córdoba aseguran, un verdadero monasterio de religiosos.

Temiose, pues, que aquella repentina dolencia de Don Juan fuese precursora de la peste, y afirmose más este temor al ver que caían con los mismos síntomas tres o cuatro caballeros de su casa, de los que más de cerca le trataban, y entre ellos el anciano Gabrio Cervelloni, que contaba ya setenta años, y construía a la sazón, por orden de Don Juan, un extenso fuerte en las alturas de Bourges, frente al campo de Tirlemont, y a una legua escasa de Namur. Sosegáronse las alarmas al cuarto día viendo que cesaba en Don Juan la calentura y desaparecían las demás molestias; mas al quinto, que fue un sábado, recavó de repente Don Juan, y mientras los demás enfermos proseguían mejorando y llegaban a la convalecencia, presentábanse en él nuevos síntomas de enfermedad extraña, con saltos de corazón que le hacían levantarse en la cama, temblores de manos, brazos, lengua y ojos, y unas manchas coloradas y otras lívidas y casi azules, con puntas ásperas y negras.

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