Explore "Halma" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Fuera del Senado, el Marqués tenía también su grupito de admiradores, que le citaban de continuo como un modelo digno de imitación. Por él, y por otros muy contados próceres, se decía la frase de cajetín: «¡Ah, si toda nuestra nobleza fuera así, otro gallo le cantara a este país!». El amanerado argumento de achacar nuestras desgracias políticas a no tener un patriciado a estilo inglés, con hábitos parlamentarios y verdadero poder político, llegaba a ser una cantinela insoportable.
Es muy digno de notarse que Feramor desmentía la vulgar creencia de que todo inglés de alta clase ha de ser caballista, y delirante por cualquiera de los sports que en Albión se usan. Para gloria suya, no había importado del país serio, más que la seriedad, dejándose del lado allí del canal las chifladuras hípicas. Aunque algo y aun algos entendía de lo referente al turf, no se ocupaba de ello sino con frialdad cortés, marcando siempre la distancia que media intelectualmente entre un handicap y un discurso político, aunque sea ministerial. Y si era cazador, y de los buenos, no mostraba por esta afición una preferencia sistemática y absorbente. Así los gustos como las obligaciones existían en él en su valor propio y natural, y la inteligencia era siempre la maestra y el ama de todo. En el concierto de sus facultades, dominaba la que Dios le había dado para que gobernase a las demás, la facultad de administrar, y mientras llegaba el caso de llevarle las cuentas a la Nación, llevaba las suyas con un acierto y una nimiedad que eran un nuevo tema de aplauso para sus admiradores. «¡Un aristócrata que administra! ¡Oh, si hubiera muchos Feramor en nuestra grandeza, la nación no andaría tan de capa caída!».