Halma by Benito Pérez Galdós — Read

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No dio su brazo a torcer la Condesa de Halma en las primeras explicaciones y coloquios con sus hermanos, el Marqués de Feramor y la Duquesa de Monterones, es decir, que no se declaró arrepentida de su matrimonio, ni renegaba de este por los trabajos y desventuras sin cuento que de su unión con el alemán se derivaron. La memoria de su esposo prevalecía en ella sobre todas las cosas, y no permitía que sus hermanos la menoscabaran con acusaciones, o chistes despiadados. Había venido a que la amparasen, dándole el resto de su legítima si algo restaba, después de saldar cuentas con el jefe de la familia. Pero no se humillaba, ni al pedirlo y tomarlo, en caso de que se lo dieran, había de abdicar su dignidad, achicándose moralmente ante sus hermanos, y dándoles toda la razón en el negocio de su casamiento. No, no mil veces. Si no le daban auxilio ni aun en calidad de limosna, no le faltaría un convento de monjas en que meterse. Tampoco repugnaría el entrar en cualquiera de las Ordenes modernísimas que se consagran a cuidar ancianos, o a la asistencia de enfermos, que entre tantas Congregaciones, alguna habría que admitiese viudas sin dote. Replicole a esto gravemente su hermano que no se precipitase, y que por de pronto no debía pensar más que en reponerse de tantos quebrantos y desazones.

Cerca de un mes estuvo doña Catalina en la morada de su hermano sin ver a nadie, ni recibir visitas, sin dejarse ver más que de la familia, y de la criada que la servía. De las ropas que le ofrecieron, no aceptó más que dos trajes negros, sencillísimos, haciendo voto de no usar en todo el resto de su vida vestido de color, ni de seda, ni galas de ninguna especie. Modestia y aseo serían sus únicos adornos, y en verdad que nada cuadraba mejor a su rostro blanquísimo y a su figura escueta y melancólica. Como todo se ha de decir, aquí encaja bien el declarar que doña Catalina no era hermosa, por lo menos, según el estilo mundano de hermosura. Pero el paso de tantas desdichas había dejado en su semblante una sombra plácida, y en sus ojos una expresión de beatitud que era el recreo de cuantos la miraban. Tenía el pelo rubio tirando a bermejo, la nariz un poco gruesa, el labio inferior demasiado saliente, la tez mate y limpia, la mirada dulce y serena, la expresión total grave, la estatura talluda, el cuerpo rígido, el continente ceremonioso. Algunos, que en aquellos días lograron verla, aseguraban hallarle cierto parecido con doña Juana la Loca, tal como nos han transmitido la imagen de esta señora la leyenda y el pincel. Es caprichoso cuanto se diga de otras semejanzas del orden espiritual, como no sea que la Condesa de Halma hablaba el alemán con la misma perfección y soltura que el español.

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