Explore "Halma" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Refieran en buen hora los sufrimientos de Catalina de Artal en aquellos tristes días y en los que siguieron a la muerte de su adorado esposo, los que posean mística inspiración, y estén avezados a relatar vidas y muertes de mártires gloriosos. Yo no sé hacerlo, y dejando este trabajo a plumas expertas, que seguramente escribirán la edificante historia, no hago más que apuntar los hechos capitales, como antecedentes o fundamento de lo que me propongo referir. ¿Qué puedo decir del hondísimo dolor de la dama al ver expirar en sus brazos al que era su vida toda, amor primero, alegría última, único bien terrestre de su alma? La opinión del mundo, que rara vez deja de equivocarse en sus precipitados y vanos juicios, había contrahecho la persona moral del señor Conde, pintándole en los círculos de Madrid con colores de malicia. Pero al historiador de conciencia, bien enterado de su asunto, toca el borrar toda falsedad con que los habladores y envidiosos ennegrecen un noble carácter. Esto hago yo ahora, asegurando que Carlos Federico de Halma era un bendito, y que la investigación más rebuscona y pesimista no encontrará en su conducta, después de casado, ninguna tacha. Desbarato resueltamente la reputación que lenguas demasiado sueltas le hicieron en Madrid, y reconstruyo su verdadera personalidad de hombre recto, leal, sincero, añadiendo a estas cualidades las que adquirió en la convivencia con su digna esposa.
No poca parte había tenido en la dudosa reputación del alemán, antes del casorio, la voluntad de sus ideas, la ligereza de sus juicios, sus distracciones, que llegaron a formar un verdadero centón anecdótico, sus displicencias negras alternadas con hervores de loco entusiasmo por cualquier motivo de arte o amoríos, su prolijidad machacona en las disputas, y un sinnúmero de manías, algunas de las cuales no le abandonaron hasta su muerte. Se calentaba la cabeza pensando en la habitabilidad de todas las estrellas del cielo, chicas y grandes, y el que quisiera sacarle de sus casillas, no tenía más que poner en duda la infinita difusión de familias humanas por la inmensidad planetaria. Del absoluto menosprecio de toda religión positiva había pasado, poco antes de casarse, y por influencia de la angelical Catalina, a un ferviente ardor cristiano, más imaginativo que piadoso, sed del alma que apetecía, sin satisfacerse nunca, no devociones externas y prácticas litúrgicas, sino embriagueces de la fantasía, mirando más a la leyenda seductora que al dogma severo. En Oriente, la esposa logró poner algún orden en los descabellados entusiasmos de Carlos Federico, hasta que, atacado de cruelísima dolencia, tan difícil era combatir en él la fiebre abrasadora, como el espiritualismo delirante. Uno y otro fuego le consumían por igual, y creyérase que ambos, juntando sus llamas, le redujeron a ceniza impalpable.