Explore "Halma" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Véanse ahora los artificios que en la conducta del Marqués de Feramor determinaba su segunda naturaleza, el ser urbano y correcto, pues el impulso adquirido le llevó a distancias considerables de su verdadera índole interna, petrificada en el egoísmo. Aquella noche y las siguientes, platicando en su tertulia con las personas graves de ambos sexos que a ella concurrían, indicó con discreta jactancia su propósito de coadyuvar a las empresas religiosas de su hermana la Condesa. Verdad que todo esto era de dientes afuera. Hay que manifestar que le incitaba a la expresión de tales ideas y otras semejantes la atmósfera que reinaba en su tertulia, y que no era más que una prolongación del ambiente total. Porque en aquellos días, que no están muy lejanos, había venido sobre la sociedad una de esas rachas que temporalmente la agitan y conmueven, racha que entonces era religiosa, como otras veces ha sido impía. El fenómeno se repite con segura periodicidad. Vienen vientos diferentes sobre la conciencia pública a veces como una moda de exaltaciones democráticas; a veces la moda del ideal contrario. En literatura también vienen y van ventoleras furibundas, que harían grandes estragos si no pasaran pronto. Sopla a veces un realismo huracanado que todo lo moja; a veces un terral clásico que todo lo seca.
La religión no se libra de esta elasticidad atmosférica, que en cierto modo es saludable, dígase lo que se quiera. Vienen altas presiones de indiferentismo; siguen otras de piedad. En los días a que me refiero, la racha religiosa venía con fuerza, y en los salones de Feramor se arremolinaba furibunda. Hablábase con preferencia de Roma y del Santo Padre; a cualquiera se le ocurrían frases felices para ridiculizar a los incrédulos, o para encomiar las hermosuras del simbolismo cristiano y de las artes auxiliares del culto; otros señalaban decadencia, síntomas de ruina moral en los países protestantes. Sostenían estos la frecuencia de las conversiones al catolicismo, y aquellos recordaban con encarecimiento las vidas de santos y fundadores, encontrándolas más bellas que las de los héroes de Plutarco. Se proyectaban viajes en cuadrilla para admirar catedrales y huronear monasterios derruidos, y los aficionados a la estética reconocían más talento en los escritores ortodoxos que en los impíos o indiferentes. Algunos que nunca fueron beatos, enseñaban bajo la mundología una punta de oreja pietista, y los que lo eran se crecían y amenazaban comerse el mundo. De fuera, por el vehículo de la prensa, que siempre ha sido extraordinariamente sensible a estas mudanzas atmosféricas, venía la racha, empujando más cada día, porque los periódicos tachados de librepensadores y que lo eran realmente, al llegar Semana Santa, salían con todas sus columnas abarrotadas de una santurronería que habría hecho palidecer de ira a los progresistas de hace treinta años. Las señoras, naturalmente, aventaban más y más la racha con el aire de sus abanicos y con el aliento de su apasionada fraseología, hasta conseguir que se hinchara como tromba. Ignoraban que cuando se apaciguaran aquellos vientos, vendrían otros con nuevas ideas y pasiones nuevas.