Explore "Halma" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Avisado Nazarín para la cena, ocupó su asiento a la izquierda del buen D. Remigio, después de saludar la Urrea con las fórmulas corrientes de cortesía, sin extremos de urbanidad, sin alegría ni pena de verle.
Diríase que su presencia no lo causaba la menor sorpresa, bien porque de nada se sorprendía, bien porque hubiera previsto la visita del protegido a su protectora. Bendijo el cura la cena, y la emprendieron los tres con las sopas de ajo, que eran de mucha fuerza condimentaria, crasas, picantes y espesas. No hablaba Nazarín sino para responder a lo que le preguntaban, y D. Remigio ponía toda la amenidad posible en su palabra fácil. Las sopas precedieron a dos platos substanciosos, de ave el uno, el otro de carnero, todo bien cargadito de especias odoríferas, suculento, muy hecho. El vino sabía horrorosamente a pez. El olor de paja quemada, difundido por toda la vivienda, parecía consubstancial con el de la comida, y a Urrea no le desagradaba sentirlo y mascarlo. No era la casa sola; el pueblo y el país entero despedían aquel olor, que el forastero creía llevar ya dentro de sí.