Halma by Benito Pérez Galdós — Read

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Ya cerca de las casas, vieron a las dos mujeres, que avanzaban por entre un campo de cebada. Ambas miraban risueñas, y casi casi burlonas, a los tres caballeros. Cuando Urrea, apeándose ante su prima, le pidió perdón poco menos que de hinojos por su desobediencia, doña Catalina no se mostró muy severa con él, sin duda por no avergonzarle delante de los dos sacerdotes, y de otras personas que allí se reunieron.

«Si ha habido falta, señora Condesa -dijo don Remigio galanamente-, yo intercedo por el culpable y solicito su perdón».

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