Oficio de tinieblas by Rosario Castellanos

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MANUEL MANDUJANO se paseaba por los corredores del Palacio Episcopal. Sus pasos resonaban secamente contra las baldosas y se desvanecían, confundiéndose con los otros rumores de la casa: el trajín de la cocina, en las trojes, en las caballerizas; el ruido del cubo al chocar contra las paredes del pozo; el estridente grito del güet, ave zancuda que, según la superstición popular, anuncia la llegada de un visitante. Toda la algarabía, en fin, de la mañana que despierta.

Con una mano el joven sacerdote abrochaba y desabrochaba nerviosamente los botones del cuello de su sotana; con la otra sostenía, abierto frente a sí aunque rara vez fijase en él la vista, su breviario. Manuel divagaba por más esfuerzos que hiciera para concentrarse en la oración. La noche anterior se había desvelado y hoy le dolía la cabeza y le sabía mal la boca. Además, el súbito requerimiento de Su Ilustrísima a una hora tan intempestiva de la mañana presagiaba novedades. Estaba inquieto. Y el señor obispo se hacía esperar.

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