Explore "Lo Prohibido" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
Aquel hombre que me inspiraba una compasión profunda y un temor supersticioso, aquel Carrillo, amigo vendido, pariente vilipendiado, valía más que yo. Al menos así lo promulgaba a todas horas mi pensamiento en los soliloquios de su confusión constante. Idea fija era esto de mi inferioridad, y ni con sofismas ni con razones la podía echar de mí. Quizás yo me equivocaba, quizás las sombras de mi conducta me permitían ver en aquel desgraciado una luz que no tenía, o dicha luz era un simple fenómeno retiniano. Sí, yo era un ser negativo, un vago, una carga de la sociedad, mientras el otro parecíame una de las personas más útiles y laboriosas que se podían ver. Sobreponiéndose a sus dolencias, siempre estaba ocupado. No entré una vez en su despacho que no le hallara trabajando, afanadísimo, poniendo su alma toda y su poca salud al servicio de una idea o de una institución. Dábase por entero a diversos objetos benéficos, políticos y morales, y su vehemencia era tal, que si la empleara en sus asuntos propios, habría sido el hombre modelo y la más perfecta encarnación del ciudadano y del jefe de familia.
Carrillo era presidente de una Sociedad formada para amparar niños desvalidos, recogerlos de la vía pública, y emanciparlos de la mendicidad y de la miseria. Tan a pechos había tomado su cargo, y tan humanitario ardor ponía en desempeñarlo, que a él se le debían los eficaces triunfos alcanzados por la Sociedad. Más de quinientas criaturas le debían pan y abrigo. Inocentes niñas se habían salvado de la prostitución; chiquillos graciosos habían sido curados de las precocidades del crimen al dar el primer paso en la senda que conduce al presidio. La Sociedad hacía ya mucho; pero su ilustre presidente aspiraba siempre a más. Todos los esfuerzos eran pocos en pro de los párvulos indigentes. No bastaba recogerlos en las calles; era preciso ir a buscarlos en los tugurios de la mendicidad emparentada con el crimen, y arrancarlos al poder de crueles padres que los martirizan o de infames madres postizas que los envilecen. Y Pepe, imprimiendo a esta caritativa obra impulso colosal, pasaba largas horas en su despacho con el secretario, revisando notas, coordinando informes, extendiendo y firmando recibos de suscrición de socios, poniendo cartas al Cardenal, al Patriarca, a la infanta Isabel, al primer Ministro, a los presidentes del Ayuntamiento y de la Diputación para allegar el auxilio de todo lo valioso y útil. Ningún recurso se desperdiciaba, ninguna ocasión se perdía. A este trabajo titánico había que añadir el de organizar fiestas y funciones teatrales para aumentar los fondos de la Sociedad. ¡Qué laberinto y qué entrar y salir de empresarios y concertistas y cómicos! No se eximían de esta febril contradanza los poetas, a los cuales se les rogaba que leyeran versos; ni los oradores, a quienes se pedía óbolo de sus floreados discursos.