Segundo sermón by Manuel Gutiérrez Nájera — Read

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COMO YO, SEÑORAS MÍAS, predico los domingos, y el día más solemne de los días cuaresmales es el viernes, deseo asistir en él a alguna iglesia para oír la palabra de Dios, y tomar ejemplo de los grandes predicadores que son decoro y gloria de la cátedra sagrada. Pero es el caso que múltiples y profanas atenciones me vedan concurrir a esas fiestas evangélicas y edificantes, a las que tanto realce da vuestra presencia; y como quiera que es vivísimo el deseo por mi alentado, de instruirme en asuntos religiosos, con el único fin de perfeccionarme y de perfeccionaros -moralmente, se entiende, porque ya sois perfectas en lo físico y hasta cuentan que en lo químico-, lo que hago es comprar El Tiempo «de mañana», para leer el Evangelio del día, puesto que empiezo a leerlo a las doce en punto de la noche. ¡Qué brillantes, qué profundos, qué elocuentísimos sermones! ¡Cómo que en ellos habla el mismo Salvador del mundo con la divina unción de su palabra vivificadora! Entre esos discursos apostólicos y los sermones de muchos respetables sacerdotes, hay la misma diferencia que entre decir Jesús y decir Chucho.

El Evangelio del viernes último fue, mis señoras, el del paralítico. Él sabía que bañándose en la piscina (parece que así llamaban antes a la alberca Pane), sanaría tal vez; pero como era paralítico y como los demás eran egoístas, no podía moverse ni echarse al agua mucho menos. Se necesitó que pasara por allí Jesús, el Bueno entre los buenos, y que le dijera: -¡Alza tu catre y anda! - con lo cual quedó sucio, puesto que no se bañó, pero quedó curado por obra de la Divina Omnipotencia.

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