Manuel Lozada, el tigre de Alica

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Práxedis Núñez comprendió con ojo perspicaz que no era de las autoridades de Tepic, que ya no tenían predominio alguno en el interior de la sierra del Nayarit, de quienes tenía que cuidarse principalmente, sino de Manuel Lozada, que según los vuelos que iba tomando, protegido como estaba por una casa poderosa, lo cual no era ya para nadie un misterio, por ella predestinado o extender su poder, él era ya el amo, y por eso había acudido a rendirle pleito homenaje. Habiéndole tendido aquel la mano, sin gozar por eso de privilegio para que no lo asesinara cuando le conviniera, al menos podía servirse de él como un aliado y tal vez las circunstancias se encargarían de llegar a ponerles en el caso de auxiliarse mutuamente. Así es que llegó muy satisfecho al lugar en que lo esperaba Domingo Navarro con su gente que se componía de cuarenta hombres, todos de a pie pero armados con buenos fusiles.

-Vamos a Atonalisco por unos días solamente -le dijo a su segundo que era muy joven y a quien distinguía porque era hermano de su novia Dolores Navarro.

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