Explore "Manuel Lozada, el tigre de Alica" by Ireneo Paz Flores on Textopian. Read with annotations and highlights.
Lozada se recostó un poco en su catre de campaña, pero no pudo conciliar el sueño: si algo contribuía al insomnio el estar oyendo de cuando en cuando algunos cañonazos que disparaba el enemigo con sus piezas ligeras, más le preocupaba el haber dejado abandonado su tesoro, que según había dicho a don Plácido, se componía de oro, joyas y vales sobre el Banco de Londres. Pensaba él: si alguno los había seguido y había visto en donde estaba enterrado, si los mismos que lo habían acompañado a pesar de ser de toda su confianza no habían resistido a la curiosidad y se habían vuelto a presenciar la operación, y por último, si los pocos comandantes fieles que le quedaban llegaban a confabularse, ¿no podrían mandarlo asesinar allí mismo sobre su cama, puesto que todo lo consideraban perdido? Así es que no sólo no durmió, sino que cualquier pequeño ruido que oyera le causaba grandes sobresaltos y varias veces se incorporó y echó mano de su pistola.
Luego que amaneció fue a dar un vistazo a las posiciones que ocupaba su gente y encontró que todo se hallaba en el mismo estado. El enemigo se veía en todas las alturas de los cerros inmediatos y los suyos se encontraban en buenas disposiciones para el combate. Les mandó repartir raciones y aguardiente, lo cual era muy raro; les mandó dar cincuenta centavos por plaza, lo cual era más raro todavía; y regresando a Guaynamota, mandó que se plantara su tienda de campaña sobre la falda del cerro que dominaba la población, esto es, en el mismo sitio donde había depositado la noche anterior sus riquezas. Al menos, mientras pudiera sostenerse allí, las estaría él vigilando personalmente.