Explore "Crónica de la conquista de Granada" by Washington Irving on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sabida por el Rey la resolucion de los caudillos moros, se dispuso á sitiar la plaza con vigor; y pareciéndole necesario adelantar el campo para que la artillería batiese con mas efecto las murallas, lo mandó poner en las huertas cerca de los arrabales. Mientras se verificaba esta operacion, y se fortificaban las estancias, avanzó un destacamento fuerte para ocupar las huertas y contener las salidas del enemigo. Entraron en ellas los capitanes por diferentes puntos con sus batallas ordenadas, mas no sin algun recelo de verse comprometidos en aquel verde laberinto. El maestre de Santiago, que iba delante, previno á sus soldados que se mantuviesen firmes y unidos, asegurándoles que si peleaban con osadía y duraban en el esfuerzo, saldrian triunfantes de cualquiera dificultad y peligro.
Á poco de haber entrado en las huertas, oyeron desde los arrabales el sonido de cajas y trompetas, mezclado con alaridos, y en seguida vieron salir á su encuentro un cuerpo numeroso de infantería mora. Á su cabeza venia el príncipe Cidi Yahye, que los animaba diciéndoles, que iban á pelear por la vida y por la libertad, por sus bienes, por la pátria y por la religion. "Para nosotros, decia, no hay mas recurso que la fuerza de nuestras manos, el valor de nuestros corazones, y la divina proteccion de Alá." Á esta exhortacion respondieron los moros con aclamaciones, y se arrojaron animosos al combate. Juntáronse entonces las armas enemigas unas con otras en medio de las huertas, y empezaron á herirse con espadas, lanzas, arcabuces y ballestas. Pero las muchas torres y otros edificios, la espesura de los árboles, y las acequias, daban mayor ventaja á los moros que estaban á pié, que á los cristianos que iban á caballo. Visto este inconveniente, mandaron los capitanes cristianos que se apeasen los ginetes y se juntasen con los peones. Entonces se encendió de nuevo la pelea, y con tal furia, que cada uno parecia disponerse con voluntad á la muerte por dársela al enemigo. Á medida que se empeñaba el combate, las tropas de la una y de la otra parte iban separándose de sus banderas por la estrechez y dificultades del terreno, hasta llegar á batirse sueltos ó por pelotones, sin órden de batalla, y sordos asi á las señales de las trompetas como á la voz de los capitanes. Asi es que mientras en una parte vencian los moros, en otra triunfaban los cristianos. En esta confusion sucedia á veces que los combatientes, ciegos de temor, huian de los suyos mismos, y corrian á refugiarse entre los enemigos, no pudiendo distinguir los unos de los otros en aquella oscura frondosidad. Pero la contienda mas reñida fue la que se trabó al derredor de las torres, donde unos y otros se alojaban como en unas fortalezas pequeñas, y que ganaban y perdian alternativamente. Muchas de estas torres fueron incendiadas, aumentándose los horrores del combate con el humo y llamas que envolvian aquellas arboledas, y con los alaridos de los que morian en el fuego.