Explore "Crónica de la conquista de Granada" by Washington Irving on Textopian. Read with annotations and highlights.
En vista del estrago y confusion que habia causado en el campo un solo temporal, y con la experiencia de los males á que está expuesto un ejército sitiador, deseaba el Rey hacer algun partido á los moros de Baza, y terminar aquella empresa. Con este objeto envió mensageros á Mohamed Ben Hazen, ofreciendo libertad personal y seguridad de bienes á los habitantes, y á él mercedes ilimitadas, si luego se le entregaba la ciudad. Pero los brillantes ofrecimientos de Fernando, lejos de deslumbrar al veterano alcaide, sirvieron para inspirarle mayor confianza, pareciéndole síntomas de temor ó debilidad. Las noticias exageradas que habia recibido de los daños ocasionados en el real por la inundacion reciente, y del descontento de la tropa por la falta de víveres, le confirmaron en esta opinion. Asi pues, dió á las proposiciones del Rey una negativa cortés pero terminante; y queriendo entretanto animar la guarnicion, les aseguraba que en breve las fortunas del invierno y la hambre, pondrian á los cristianos en la inevitable necesidad de abandonar el sitio; por lo que les exhortaba á ser constantes en la defensa de la ciudad, y que saliesen con espíritu y ardimiento á pelear con el enemigo. Asi, en efecto, lo hicieron; y animados por su alcaide, casi todos los dias daban batalla á los sitiadores, atacaban las guardias avanzadas, y movian escaramuzas muy reñidas, en que perecian de la una y de la otra parte muchos de los caballeros y soldados mas valientes.
En una de estas salidas subieron á lo alto de la sierra hasta trescientos de á caballo y dos mil peones, para sorprender á los cristianos que estaban ocupados en los trabajos. Su venida fue tan repentina, que las tropas que estaban de guardia para proteger las obras, no tuvieron lugar de apercibirse: muchos de ellos, escuderos del conde de Ureña, fueron muertos; los demas huyeron la sierra abajo, perseguidos por los moros, hasta encontrar con las gentes del conde de Tendilla y de Gonzalo de Córdoba. El valeroso Conde, abrazado con su rodela y sostenido por Gonzalo, se puso al frente de sus tropas, detuvo á los fugitivos, é hizo rostro al enemigo. La carga de los moros fue terrible; y turbados los cristianos empezaban á remolinarse, cuando sobrevino don Alonso de Aguilar con algunas compañías, y se renovó la pelea en las asperezas al pié de la sierra. Los moros eran inferiores en el número, pero se aventajaban á los cristianos en ligereza, y en la costumbre que tenian de pelear en lugares fragosos. Con todo esto fueron al fin batidos, y huyeron perseguidos por don Alonso hasta los arrabales de la ciudad, dejando gran número de muertos en el campo.