Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me repetía todos los días: «Santillana, va llegando el tiempo en que quiero emplear tu talento y destreza.» Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó por fin, y su excelencia me habló en estos términos: «Se dice que hay en la compañía de cómicos de Toledo una actriz muy celebrada por su amabilidad; se asegura que baila y canta divinamente, que arrebata a los espectadores cuando representa, y se añade también que es muy hermosa. Una persona tan recomendable es digna de venir a representar en la Corte. Al rey le gustan las comedias, la música y el baile y no le desagrada la hermosura. No me parece razón que su majestad carezca del placer de ver y oír a una mujer de tanto mérito. Por esto he resuelto enviarte a Toledo, para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan peregrina; yo me atendré desde luego a la impresión que cause en ti y me fío enteramente de tu discernimiento.»

Respondí a su excelencia que esperaba dar buena cuenta de aquella comisión, y desde luego emprendí mi viaje, acompañado de un lacayo, a quien hice dejar la librea del ministro para desempeñar mi encargo con mayor secreto; precaución que agradó a su excelencia. Tomé, pues, el camino de Toledo, en donde me apeé en un mesón inmediato al alcázar. No bien me había apeado, cuando el mesonero, teniéndome sin duda por algún caballero de las cercanías, me dijo: «Naturalmente, vendrá vuestra señoría a ver la augusta ceremonia del auto de fe que se celebra mañana en Toledo.» Yo, que nada sabía de tal auto, le respondí inmediatamente que sí, para ocultar mejor mi designio y cortarle la gana de preguntarme más sobre el fin que me llevaba a aquella ciudad. «Verá vuestra señoría -- prosiguió él -- una de las más excelentes procesiones que jamás se han visto, pues hay, según se dice, más de cien penitenciados, entre los cuales pasan de diez los que han de ser quemados.» Con efecto; el día siguiente antes de salir el sol oí tocar todas las campanas de la ciudad en señal de que iba a darse principio al auto de fe. Con la curiosidad de ver esta ceremonia, me vestí aceleradamente y me encaminé hacia la Inquisición. Había allí cerca, y de trecho en trecho por donde había de pasar la procesión, tablados altos, en uno de los cuales me coloqué por mi dinero. Iban primero los padres dominicos, precedidos del estandarte de la fe o pendón del Santo Tribunal. Tras de dichos religiosos venían los reos con sus capotillos o especie de escapularios de tela amarilla, formada en ellos por la parte anterior y posterior el aspa de San Andrés, de tela roja llamada sambenito, y todos con corozas en la cabeza, con llamas pintadas las de los condenados a la hoguera y sin ellas las de los otros de menor pena.

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