Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Cuando volví a Madrid hallé al conde-duque muy impaciente por saber el resultado de mi viaje. «Gil Blas -- me dijo -- , ¿has visto a nuestra comedianta? ¿Merece que se lo haga venir a la corte?» «Señor -- le respondí -- , la fama, que pondera comúnmente más de lo justo a las mujeres hermosas, se queda muy escasa respecto de la joven Lucrecia, que es una persona admirable, tanto por su hermosura como por sus habilidades.»

«¿Es posible? -- exclamó el ministro con una satisfacción interior que leí en sus ojos, y que me hizo pensar que me había enviado a Toledo por su interés personal -- . ¿Es posible que Lucrecia sea tan amable como me dices?» «Cuando vuestra excelencia la vea. -- le respondí -- , confesará que no se puede hacer su elogio sin disminuir sus hechizos.» «Santillana -- replicó su excelencia -- , hazme una puntual relación de tu viaje, porque tendré particular gusto en oírla.» Tomando entonces la palabra para satisfacer a mi amo, le conté hasta la historia de Laura inclusive. Díjele que esta actriz había tenido a Lucrecia del marqués de Marialba, señor portugués que, habiéndose detenido en Granada viajando, se había enamorado de ella. Finalmente, después de haber hecho a su excelencia una menuda relación de lo que había pasado entre aquellas comediantas y yo, me dijo: «Me alegro infinito de que Lucrecia sea hija de un sujeto distinguido; eso me interesa todavía más en su favor, y es necesario traerla a la corte. Pero continúa -- añadió -- del modo que has comenzado, y no me tomes en boca, sino que en todo ha de sonar únicamente Gil Blas de Santillana.»

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