Historia de Gil Blas de Santillana, Volumen 3

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Pocos días después del regreso del rey se esparció por Madrid una mala nueva. Súpose que los portugueses, aprovechándose del levantamiento de Cataluña, y pareciéndoles ocasión muy oportuna ésta para sacudir el yugo de la dominación de España, habían tomado las armas y aclamado al duque de Braganza por rey de Portugal, resueltos absolutamente a mantenerle en el trono, sin miedo de que España lo pudiese estorbar, estando ocupada en Alemania, en Italia, en Flandes y en Cataluña. No les era fácil hallar coyuntura más favorable para librarse de una dominación que aborrecían.

Lo más singular fué que cuando la corte y todos sus habitantes se hallaban en la mayor consternación por aquella novedad, el conde-duque quiso divertir al rey a expensas del duque de Braganza; pero su majestad, lejos de prestarse a sus insípidos gracejos, tomó un semblante serio, que enteramente le inmutó, haciéndole prever su inminente desgracia. Acabó el ministro de dar por cierta su caída cuando supo poco después que se había manifestado sin reserva contra él, diciendo públicamente que su mala administración había dado lugar a la rebelión de Portugal. Luego que la mayor parte de los grandes, especialmente aquellos que habían seguido al rey en el viaje a Zaragoza, advirtieron la tempestad que se iba levantando contra el conde-duque, se unieron a la reina. Pero lo que dió el último golpe decisivo fué que la duquesa viuda de Mantua, gobernadora que había sido de Portugal, regresó de Lisboa a Madrid e hizo ver al rey que de la rebelión de los portugueses sólo tenía la culpa la conducta de su primer ministro.

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